
isité por vez primera el legendario pueblo de Vrindavan con la esperanza de ser testigo de los rituales religiosos de los cuales había leído tanto…sentía una emoción difícil de describir en simples palabras. La espiritualidad y fervor religioso con el que cientos de peregrinos llegan a orillas del Ganges es tan contagioso y conmovedor que uno mismo se llena de fé y emoción. Después de pasar casi todo el dia en los ghats o escalinatas que llevan a orillas del río, decidí caminar por las calles pasando templos y casas (ashrams) donde la gente moribunda se hospeda para esperar la muerte. Todo hindú aspira morir cerca del río Ganges para luego ser cremado en una pira y posteriormente sus cenizas sean esparcidas en el río. Jamás esperé encontrar casas para mujeres viudas, fue una gran sorpresa para mí. Me conmovió presenciar la triste condición en que viven, la gran mayoría enfermas, encorbadas y desnutridas. En las afueras de un templo me encontré con la anciana de la fotografía adjunta a éste artículo. No muchas están dispuestas a hablar con la gente, por lo que no tienen contacto con las personas, menos aún con extranjeros. El chico que me acompañaba como intérprete, me ayudó a conversar con la mujer. Timidamente, ella se prestó para contestarme algunas preguntas. El relato que salió de sus labios fue aún más funesto de lo que esperaba. Ella llegó a ese pueblo desde que tenía 19 años. Su familia la había casado a los quince años. Su esposo murió de un infarto y su familia politica la repudió obligándola a vivir en un cuartito pequeño cerrado con candado por temor a que ella se saliera y los “contaminara” con su presencia. Luego de un año de encierro la abandonaron en el ashram, despojándola de todas sus pertenencias y una propiedad que le pertenecía a su esposo. A sus padres nunca los volvió a ver. Tuvo que vivir en el ashram mas de cuarenta años. Analfabeta, no le quedó más que mendigar para poder comer. Dulcemente me ofreció un bindi de los que se ven en el fondo de la fotografía y me lo colocó en la frente diciendo unas palabras espirituales que me llenaron de lágrimas. Me tocó las manos y la cara y luego se diculpó porque dijo que no quería “mancharme”. Dijo que ninguna persona se deja que la toque una viuda. Nunca había visto a una persona de otras tierras. No tenía conocimiento de los nombres de los continentes y cuando le pregunté que si había escuchado de México me dijo que no. Le mostré unas fotos y estaba encantada. La dejé con una fotografía impresa de una guacamaya y se llenó de alegria. Le dí unas rupías y la encaminé a tomarse un lassi de mango conmigo en un puesto ambulante en las cercanías. Sentí su regocijo, a pesar de las condiciones extremas en las que vive. Pude percibir con asombro la aceptación de su destino como un paso para llegar a liberar su alma del ciclo de la vida. Descubrí un alma pura y un rostro agrietado y arrugado por los años de sufrimiento, no mostraba nada de autocompasión, sino una mirada tierna y compasiva hacia los demás. Esta mujer anónima representa a todas las mujeres que viven la lamentable “condena” obligada de las viudas ortodoxas hindúes…
Vrindavan se encuentra en el norte de la India, en el estado de Uttar Pradesh, distrito de Mathurá. Su popularidad reside en la creencia que en la antigüedad en este sitio existían varios bosques donde pasó su juventud Krishna, una de las deidades más importantes y veneradas de la India, quién según el Hinduísmo – es el octavo avatar de Visnú y – segun el Vaisnavismo – es la forma principal de Dios. El pueblo se encuentra a un costado sobre las orillas del río Lamuna. Es considerado un lugar sagrado por un gran número de tradiciones religiosas y representa un lugar idílico o paraiso.
Para miles de hindúes, Vrindavan representa la liberación del ciclo de la vida y la muerte, y en consecuencia, muchos Hindúes acuden a morir a orillas del rio. Peregrinos devotos de Krishna llegan a diario con sus familias para “liberar” a un ser amado. Pero tristemente, cientos de familias llegan con mujeres que recientemente han enviudado, ya sean madres, hermanas, tias, y hasta niñas pequeñas que las han casado con hombres que han fallecido, dejandólas viudas. Los familiares les prometen un viaje peregrino al pueblo sagrado de Krishna, sin tener la intención de regresar por ellas. Las dejan abandonadas en las puertas de las casas o ashrams para viudas.
Vrindavan es comúnmente conocida como “La Ciudad de las Viudas” y se ha convertido en el hogar permanente de cientos de viudas hindúes de las castas más altas que han sido repudiadas por sus familias. Ancianas, jóvenes o niñas, las viudas cantan himnos en los templos a cambio de unas cuantas monedas y un plato de comida para pasar el dia. La mayoría de las viudas que han sido “tiradas” subsisten en condiciones terribles a pesar de los esfuerzos del gobierno y las organizaciones caritativas.

Leticia Alaniz @2008
Una mujer viuda, vestida de sari blanco pasa horas mendigando fuera de un templo en “La Ciudad de las Viudas”, Vrindavan, Uttar Pradesh, India.
Se cree que hay cuarenta millones de viudas en la India, de las cuales las menos afortunadas han sido rechazadas y despojadas de la vida que vivieron cuando se casaron. Mas de 15,000 viudas viven en las calles de Vrindavan. Condenadas por la sociedad, se encuentran mendigando, encorvadas, con bastones, con la cabeza rapada, y su dolor de años evidente en sus rostros arrugados y agrietados, esperando la muerte que las libere de su ciclo.
La mayoría de estas viudas hindúes son rechazadas por la sociedad cuando sus esposos mueren, no por razones religiosas, sino por tradiciones antíguas que siguen de generación en generación. Cuando enviudan, dejan de ser esposas, madres, hijas, tias, hermanas o niñas y se convierten en una carga financiera para sus familias. Las ven como una maldición y las acusan directamente de ser las culpables de la muerte de su esposo Es comúnmente aceptado que la recién enviudada tendrá que pagar por la “maldición” que le produjo a su esposo.
De acuerdo a costumbres hindúes, las viudas tienen tres opciones: casarse con el hermano menor de su esposo, lanzarse a la pira funeraria de su esposo muerto, o llevar una vida de abnegación. Para la mayoría de estas mujeres, la vida es lo que algunos han descrito como un “sati en vida“, en referencia a la antigua práctica de la inmolación de las viudas. La práctica de el sati se ha prohibido por la ley, aunque todavía existen casos en pueblos rurales donde se practica.
Solamente el 28% de las viudas en la India son elegibles para recibir las pensiones del gobierno, y de ese número, menos del 11% reciben los pagos a los que tienen derecho. Si una mujer no es económicamente independiente, entonces su vida estará a la merced de sus suegros o los padres. Y si no tienen la voluntad o los recursos para cuidarla a ella y a sus hijos, entonces su vida corre por su propia cuenta.
Las viudas hindúes en particular se enfrentan a una serie de tabúes sociales, la regla general es que cuanto mayor o más alta sea su casta, más restricciones tendrá que enfrentar. Tradicionalmente, cuando un hombre muere, su viuda tiene que renunciar a todos los placeres mundanos.
Las viudas pierden el derecho de lucir saris en colores fuertes y brillantes y son obligadas a vestir únicamente de saris blancos o de tonos muy pálidos y la expectativa es que nunca deben lucir atractivas. En cuanto la viuda tenga noticia de que ha fallecido su esposo, se practica una ceremonia para romperle sus pulseras o “bangles” y ya no podrá lucir joyas de ningún tipo. Se le lava la cara y la cabeza removiéndole el sindúr, el polvo de color rojo que usan en la frente y en la partida del cabello para indicar su estado de casadas. En caso de que sea una viuda ortodoxa se ve obligada en cortarse el cabello corto o incluso raparse. Siendo una viuda del sur del pais, se le prohíbe usar una blusa con su sari.
Su dieta también está estrictamente restringida. Se le prohíbe comer carne, pescado y huevos, así como todo lo que se haya tocado por manos musulmanas. Debido a que tradicionalmente, las panaderias estaban en manos de los musulmanes, el pan, galletas, dulces tradicionales o pasteles están prohibidos. Ortodoxos Hindúes también creen que las verduras como la cebolla, el ajo y ciertas legumbres, calientan la sangre y son considerados alimentos impuros y forman parte de la lista de alimentos prohibidos. Las viudas se ven obligadas a practicar ayunos varias veces al mes, a veces comiendo únicamente frutas por muchos días, poniendo en riesgo su salud.
A las viudas a veces se les llama “pram” o “criatura animal”, porque era sólo la presencia de su marido lo que le daba su condición humana. En algunos idiomas de la India, una viuda se conoce como “él” en lugar de “ella”. En otros, la palabra dobla como una palabra obscena que significa lo mismo que prostituta.
Si una familia tradicional no se adhiere a las restricciones impuestas a las viudas, serán condenados al ostracismo por la sociedad en la que viven y su reputación se vendrá abajo. Los hombres que se dedican a lavar ropa en los lavaderos, no les lavarán su ropa. No podrán contratar servicios de primera necesidad en sus casas. En los mercados no les venderán nada. ,No podrán participar en rituales importantes y su acto de no someterse a las reglas es considerado un gran pecado.
Además, una viuda es considerada poco propicia, y a consecuencia no podrá estar presente en ceremonias que forman una parte tan integral de la vida como lo son los casamientos o las ceremonias de nacimiento. En algunos casos, hasta su sombra es considerada ofensiva y mala suerte porque “contamina” a los miembros “mas limpios” de la sociedad.
Tradicionalmente, el estado noroeste de Bengala ha sido especialmente muy estricto y duro en el trato de sus viudas, especialmente cuando se combina con la tradición de cientos de años de casar a las niñas en plena infancia entre los ocho o nueve años. El matrimonio infantil se sigue con el mito de que el dios Shiva contrajo matrimonio con su esposa Parvati cuando ella tenía tan sólo ocho años de edad. Se considera un orgullo casar a las niñas a esta tierna edad, y como la India Hindú era polígamo, un hombre podía tener varias esposas.
A menudo, a las niñas las casaban con hombres mucho mayores, e incluso había la tradición de casarlas con sacerdotes brahmanes viajeros que venían a visitar a una familia por una noche. Se realizaba la ceremonia matrimonial y al día siguiente el sacerdote continuaba con su viaje.
Las niñas casadas permanecían en la casa de sus padres hasta que iniciara su etapa de pubertad y sólo entonces podían los esposos reclamarlas. Como era de esperar, estas niñas quedaban viudas antes de que los esposos las reclamaran y las reglas de viudez todavía aplicaban aún siendo niñas. Las niñas viudas por lo general eran rechazadas por la familia politica, asi que permanecían en la casa de sus padres como esclavas, es decir, trabajaban en las labores domésticas y en las campos agrícolas sin paga. La otra opción es que las enviaban a “La Ciudad de las Viudas” como Vrindaban o Varanasi.
Es de conocimiento común que las viudas más jóvenes a menudo son explotadas sexualmente, aunque el tema es todo un tabú y las autoridades simplemente lo ignoran. En cuanto a las mujeres mayores, su única esperanza es sentarse cerca de los templos o en las concurridas calles y mendigar.
La película Agua (Water) escrita y dirigida por Deepa Mehta explora la vida de las viudas en un ashram en Varanasi, India. “Agua” transcurre en el período del Raj británico o Imperio Británico Indio en el año 1938. En ese días, la tradición hindú del matrimonio entre niñas con hombres mayores fue común en algunas partes de la India. Cuando un hombre procedente de una familia hindú ortodoxa moría, su joven viuda se veía obligada a pasar el resto de su vida en una institución de viudedad, a fin de purgar los pecados de su vida anterior que supuestamente fueron la causa de la muerte de su esposo.
La película se concentra en dos personajes principales: el de una niña recién enviudada de ocho años y el otro de una joven viuda que es explotada sexualmente. La niña sufre mucho y vive con la esperanza de que algún día sus padres regresarán por ella. La viuda joven se enamora de un joven encantador que le pide matrimonio a sabiendas que es un tabú casarse con una viuda.
Aunque las nuevas leyes introducidas por los colonizadores Británicos permitían el casamiento de viudas, la sociedad no lo permitía, y tristemente las viudas tenían que vivir la condena que sus propias familias les imponían.
En una luz más positiva existe una organización llamada Loomba Trust. Es un fideicomiso que tiene como objetivo aliviar la difícil situación de las viudas y sus hijos. En el 2005 se declaró el Dia Internacional de las Viudas en un esfuerzo por crear conciencia con Las Naciones Unidas. La meta es erradicar los prejuicios y el maltrato de las viudas y poco a poco cambiar la mentalidad de las familias ortodoxas que practican el despojo y aislamiento de sus viudas.
Escrito por Leticia Alaniz © 2012
Ilustraciones:
Lorena Mena
Fotografías:
Leticia Alaniz
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